Desde arriba
el pasado es un puente
ángel sin alas
la mejor razón por la que
ahora no y cuándo tú
café en los posos
ningún espacio
nada vuelve de un puerto fantasma
las velas hablan en los pies de la bailarina
es cierto
Como en el mundo de Beckett, en este espacio caleidoscópico las ideas están atrapadas en un cuerpo en ruinas que jamás podrá fijar la identidad de una realidad que constantemente se transforma.
Desde arriba
el pasado es un puente
ángel sin alas
la mejor razón por la que
ahora no y cuándo tú
café en los posos
ningún espacio
nada vuelve de un puerto fantasma
las velas hablan en los pies de la bailarina
es cierto
No son humanos,
no hay ruidos humanos cerca.
Una ceremonia interminable,
seguramente la más fría.
Miedo era el color de las paredes,
la araña el extremo confundido en la madeja,
ruedas con radios de carbono y despacio.
Aunque dicen que la peor mentira
Es la que elaboramos frente al espejo.
Luz del extranjero
en pleno verano mediodía,
casas blancas,
cielo ciego de tanta claridad,
una enfermedad devorando a vírgenes y artistas de circo,
sonidos reconocibles,
huellas en la playa de la madre muerta,
un asunto elíptico y elástico,
como un hilo de goma de almizcle
en el pico de una lámpara.
Seguía las señales de su instinto
y al grito que brilla en el filo de un puñal.
No fue el verbo en un principio.
El comienzo fue la falta,
una resaca de ausencia
arrastrándose hacia el cero
de la oscura aparición de nada.
Nada partida,
nada incompleta,
nada y vacío
alimentado de nada.
El silencio baila la danza de los locos.
Un brillo,
un principio de algo,
se desnuda y vuela sin alas
besando el calcio de mis huesos,
que buscan salir del núcleo y crecer
sin las leyes de la ciencia.
Lo posible escapó hace tiempo,
ahora es potencia
marcando el paso de los siglos,
un fermento en el gris verdoso de la piedra.
La risa de un cuervo abre la puerta
y entro en el vertical mundo de un ojo negro oliva.
Se descubre el cielo,
una fina lluvia abraza al eje de la tierra:
el camino a casa me ha encontrado
cuando miraba una pequeña flor
de cuatro pétalos.
A medida que el tiempo
cumple con su propia ley,
una amenaza me sigue pareciendo
una amenaza,
esa mirada torva
no puedo decir que no es,
repito el mismo gesto
ante un espacio vacío,
algo surge y crece siempre que alguien tiene
la intención de quebrar el suelo bajo mis pies,
y no procuro entender
ni su honda amargura
ni su triste historia:
me defiendo,
es un impulso aprendido
cuando nací,
aún no he olvidado
el primer grito
que salió de mi pecho.
Una mancha en la pared
me cuenta una historia
de mitos personales.
Seguir al viento en su furia,
calavera desnuda de carne innecesaria.
Girar con la certeza del vértigo en la sangre,
oír sólo un rugido en la garganta,
fugarse de la inercia
con fuerza nacida de una sombra adivina de razones.
No es líquido amoldándose a no importa qué forma,
no es piedra sin sentido,
no es gas que sube
a las alturas y se desmaya.
Es desafío que encuentra,
aquí abajo,
en la tierra,
el impulso de las alas.