Ya no consiento a la ventana entreabierta
que deje subir en mi cama esa luz desvaída que imita
el ajado tul de una novia abandonada tras el casamiento.
Ningún destello anémico de insomnios malqueridos
entrará por voluntad de una cambiante bola de ceño profundo
para tejer sobre mi cuerpo arteras telas que no existen.
La noche es bella ensimismada, telón de fuego bruno
sin necesidad de brillos débiles, recordatorios del difunto día...
Es descanso impúdico y denso
adentrándose en pasillos que rebajan distancias
para hacerlas asequibles a nuestro tamaño,
insignificante siempre junto a elipses viajeras.
El mundo que alimenta sangre cálida necesita retinas
despejando cielos
[tragaluces en el tejado de algún ser redimido
del gusto por los dolores]
que den paso a visiones elementalmente inestables.
Sin castrantes lentejuelas.



