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Allen Ginsberg, tras leer las críticas oficiales a su poema Aullido:
"La poesía ha sido atacada por un aterrorizado hatajo de ignorantes y pelmazos que no comprenden cómo se hace, y el problema con estos cretinos es que tampoco la reconocerían si se les apareciera en mitad de la calle y se los follara a plena luz del día."

domingo, 28 de octubre de 2012

Los claveles de las tumbas



Yo no robo los claveles de las tumbas,

que fue un soplo con aliento de alfileres lo que se llevó

sus pétalos dentados.

No me siento en piedra muerta

para observar lo que dicen que ha pasado, no puedo mirar inerte

los relámpagos del cielo, que siempre abre sus puertas cuando le llamas.

Las viejas casas que encendían los ojos para alumbrarnos

hoy maquillan rostros nuevos,

ya no recuerdan aquellas noches espejadas porque nacen a diario,

cuando cada día termina con los afanes de la cordura vigilante.

Las calles se levantaron y volvieron la cabeza,

esa cuesta que corría hacia la plaza

sigue ahora atentamente la dirección de una flecha

sin importarle más que el impulso de unas manos.

La turquesa se desvive por un lecho de mercurio

y un diamante hace carbón con el roce de la vela.





lunes, 22 de octubre de 2012

Los cielos del norte





Los cielos del norte no sorprenden la vista con aguaceros de rayos de desolación.

Lo hacen con la suavidad de un azul imposible.

Allí caben el desamparo y lo excelso

en un milímetro cuadrado,

lo eterno y lo efímero mistificado por la apariencia de la piedra.

Playas de nubes cegadas por los mil matices que propone un mar de aire,

doblan sus rodillas ante la luz del sol filtrada por la humedad, el polvo y la ceniza.

Esos brillos de metal frío sólo se encuentran en el centro

de algún cráter encendido por la mano muerta de un arcángel anunciador.

No es posible reproducir la visión, sólo se puede acudir a la frágil memoria

para sentir que los ojos navegan por un infinito acostumbrado

a la ingravidez de las raíces.





miércoles, 17 de octubre de 2012

Tanta seda entre los dedos





El embrujo de la tarde comienza a mover su melena.

No hay nada tan esencial y tan breve

-tanta seda entre los dedos-

como una madeja de pelo 

embriagada por la brisa del otoño.

Gris y nubes son escudo de las luces,

son muralla, son barrera que contiene 

el pleno pulmón del aire

para no morir en éxtasis de respiros.

El latido de sus ojos, seguramente contamina de oro

el camino que siguen las brumas.

Seguramente alimenta la experiencia con sonidos nuevos,

seguramente. Y puede que hasta sirva para resolver

el misterio del sudor de las pestañas,

que se vuelve costra de sal si no duerme en ángulo la pupila.

Cualquier cosa se aclara 

bajo su mirada de luna creciente, seguramente...





viernes, 12 de octubre de 2012

Lo que dibuja con el pie





Las pesadillas siempre anuncian su llegada

con dolores en el vientre.

Con el reflejo de un puño de humo estrangulando

dos millones trescientas mil gargantas de estómago

sin saber siquiera lo que hace.

Vienen como fantasmas disfrazados de arlequines,

de ésos que no engañan a quienes tienen

la suerte de ver lo que dibuja la tristeza con el pie

sobre la arena de alguna playa.

Se aposentan como lánguidas damas tuberculosas

en el lienzo de la cama y sólo se esfuman

cuando han asustado a los niños con carcajadas de tormenta eléctrica.

Al irse, suelen dejar un olor a camelias marchitas.








lunes, 8 de octubre de 2012

Donde la cima se eleva






Cuando cantaron todas las estrellas,

los hombres buenos se alegraron.

Ante mística audiencia se posó el pensamiento,

enemigo galopando

con estrépito de voz perdida.

Allí mismo surgió entonces una isla discreta,

una antigua ciudad mutante 

de tornillos engrasados;

una asepsia que no daña la vista,

quizás una visión de voluntad

alucinada por la ingenua arquitectura

que soporta el equipaje de arcilla.

Es fuerte, sin embargo,

el entramado de cables que aún conocen

la dimensión preferida por las alfombras

que recorren las escaleras.

Como la cumbre de una montaña, 

la curva de una rodilla.





martes, 2 de octubre de 2012

Las marcas




Con acento francés, los huecos de las sienes boquean en plata. 

Los pómulos surcados como dunas orgullosas 

delimitan el primitivo gesto con una frontera blindada por costumbre.

Trece marcas de sol en las rayas de las manos

ven santos y gentes sin alma en el comedor del ruido de hierro

mientras controlan el movimiento de los atardeceres.

Una buena suerte ciega envuelve con manto púrpura

el aleteo de la voz de la tierra protegida por escarcha

cuando los dedos se recrean entre el tabaco y una bola de opio

escondida en en bolsillo de la emperatriz muerta.





martes, 25 de septiembre de 2012

Pintada en sepia





Una mujer color de tinta cobriza

cimbrea su postura mirándome desde el balcón 

de un espejo cómplice en el azogue.

Mercurio diseña por ella los movimientos, tan lentos

que se diría que el tiempo aún no ha nacido

para el bostezo infinito.

Elástica y dolorosamente bella,

con esa quimera pintada en la frente

como un lunar de Shiva,

ladea la cabeza y su pelo es cascada 

en horizontes verticales

de pétalos aparecidos para el placer de las orquídeas.

Nada más se mueve en el marco,

que aparenta ser imagen borrosa por el humo de los cigarrillos.

Levanta una mano,

las dos,

hacia el cielo, 

y se ofrecen mil reproducciones de ese milagro.

Con cándida lascivia se descalza luego asomando un pie

digno de que lo adoren todos los componentes

de todas las dinastías, lo acaricia, frágil polluelo,

me mira de nuevo y sonríe

como un ángel que nunca viera morir su sexo

por afán de lo extraordinario.

Con sólo ese gesto, hace que la eterna canción de las esferas

sea un breve silbido de sonidos apagados.

Y yo lo comprendo entre mis manos radiantes.