Hoy podría descifrar el código retorcido en caracolas
de las intenciones del firmamento.
Reconocería, en el mismo instante en que lo viese,
el manto que envuelve una noche de verano
con manos frescas y oscuras, repletas de movimiento de ramas.
Sus pies alados, el rastro que dejan sobre la tierra
y esa lengua sincopada que acaricia ventanales.
Siento el estómago en la cabeza y el sexo me late en la cintura,
mis piernas son brazos que reúnen el síntoma de las horas
para curarlas de su afán por abatirse en cadena...
Parado el tiempo, es más sencillo mirar el hilo que nos une
a la cariátide de lo estrictamente básico,
permanecer inertes mientras recorren las suelas de los zapatos
estelas que deja el trayecto de los insectos con ojos de oro.
Huir de un eco de salmodias siempre con la boca abierta.



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