Entraron
gusanos almidones y un dolor indefinido.
Quise
hacer una canción de Hendrix que ya estaba hecha,
porque
eléctrica se deslizaba por las rendijas,
bailando
lánguida con los cristales
de
un mundo a 212º F de temperatura.
Los
dardos de la noche revelaban sombras de fotografía,
así
que bajé los ojos, antes de admirar el baile del humo
que
salía por los dedos cigarrillos.
El
viento gritaba Mary,
acariciando
el terciopelo de mi vista,
lejana
de todo lo que no fueran espejos de cinco puntas
sobre
la piel de su cráneo
transparente de vidrio.
Era
una hora impresionante, la nieve dibujaba
un
estómago enorme alrededor de su cabeza.
Era
una hora especialmente.
