Perenne, impávida y pétrea,
deletrea cada una de las coronas de espuma
convencionalmente química, ese muro
de catacumbas desplomadas
que huele a matanza de cerdo en la aldea.
Amarilla como la mostaza, con la aridez del óxido incrustado
entre los átomos del hierro,
alacranes y flamas se afirman ante ella,
Durga orgullosa en la gloria de los despojos.
Separa las hojas mojando su índice en sangre coagulada,
siempre esperando el milagro de la licuefacción,
como una niña aguarda el día
de las gotas rojas entre las piernas
para ofrecerse en sacrificio a un ángel,
aunque después nunca se le otorgue el perdón.
Está rancio el pan sobre la mesa,
verdea de pálida vergüenza
cuando escucha: "In God We Trust".


